Por: Manuel Sheran

Entonces Jecodicia_parabola_camello_aguja_ricossús, mirándole, le amó, y le dijo: Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme, tomando tu cruz. Marcos 10:21

La Biblia es el consejo de Dios, útil para exhortar nuestra vida en pos de la justicia. De hecho 2 de Timoteo 3:16 nos dice que toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra.

Si el propósito de la palabra de Dios es enseñar, redargüir y corregirnos, algunas veces nos confrontara de nuestros errores. El resultado de esa reprensión puede resultar en frustración personal, pues tendemos a pensar en nosotros mismos como producto terminado y no como obra en proceso. Tal como el caso de la escritura en referencia.

Pero lo que me llama la atención, es la forma en que Jesús corrige a este personaje de su aparente justicia. La mayor parte del tiempo leemos la biblia y pasamos por alto pequeños detalles que hacen una gran diferencia. Como en este pasaje cuando dice: “Entonces Jesús, mirándole, le amó, y le dijo…”

La corrección de Dios siempre proviene de su amor inmensurable para con nosotros. Jamás vendrá de manera crítica o descalificativa. Sirve un propósito especifico. Como Pablo lo menciona en su carta a Timoteo para prepararnos enteramente para toda buena obra.

Como lidiamos con la corrección determinara nuestra madurez espiritual. En este verso en particular Jesús estaba tratando de enseñarle a este joven como despojarse de las riquezas terrenales y disfrutar del don de la generosidad. El joven no pudo asimilar la lección porque las posesiones materiales estaban arraigadas en su corazón y lo privaban de experimentar la amorosa corrección de Dios.

El verso 22 nos dice que el joven se fue muy triste porque tenía muchas posesiones. Desafortunadamente no se quedó lo suficiente para escuchar la explicación de Jesús. Si se hubiese quedado más tiempo se habría dado cuente que el cambio que Dios demandaba de él era más espiritual que material.

A veces nuestra manera de manejar con la corrección de la palabra de Dios es la misma que el joven de esta historia. Las cosas que decidimos aferrar nos impiden experimentar el amor incondicional de Dios. Y aunque dejar ir esas cosas que nos proveen de placeres terrenales puede hacernos sentir incomodos y hasta adoloridos, podemos estar seguros que el despojarnos de ellas nos traerá mayor gozo que retenerlas.

 

Mientras medita en esta palabra, piensa en todas las veces en las que usted ha sido como el joven rico. ¿Que cosas le están impidiendo que experimente el amor de Dios?

Cuando haya encontrado una respuesta, lea el verso 29-31. Tome consuelo en que la recompensa de Dios no se puede comparar con cualquier riqueza de este mundo.