Por: Kathryn Butler, M.D.

large_christian-your-pain-is-never-punishment-feuvlvmhCada día, la enfermedad erosionaba su belleza juvenil.

Cada minuto su madre permanecía parada al lado de su cama.

Mi paciente era una niña adolescente, que cuando la ictericia torno su piel color mostaza, su madre masajeo su piel con una loción de jazmín. Cuando sus ojos perdidos e inundados de sangre, vacilaban por el cuarto con delirio, su madre tapizaba las paredes de fotografías y apilaba sus juguetes favoritos alrededor de ella.

El ventilador rechinaba y suspiraba, y canciones amorosas llenaban la habitación. En un lenguaje que se acercaba a la poesía, su madre refrescaba recuerdos remotos, momentos vivos con playas y risas, atizados con la viveza de aquella niña que ella atesoraba.

El día que mi paciente murió, su madre trepo a la cama del hospital con ella. La envolvió en sus brazos y la acerco a su regazo, cobijándola con la misma calidez que ella conoció siendo niña. Con lágrimas brotando de sus ojos, se aferró a ella, oro e hizo una promesa en su oído. Mientras presenciábamos un corazón completamente destrozado, abandonamos cualquier pretensión de profesionalismo. Todos nosotros – Enfermeras, doctores, practicantes – Lloramos con ella.

¿QUE ESTA HACIENDO DIOS?

Años más tarde, aun me duele recordar la profundidad del amor de esta madre y la crudeza de su dolor. Aun en medio de la ternura otra memoria me persigue.

El día antes que mi paciente muriera, su madre se acomodó como pudo en una silla de hospital y sostuvo la cabeza de su hija en sus manos. Sus ojos miraban el suelo. Ella sabía que el fin estaba cerca. Su valentía estaba desvaneciendo.

Puse mi mano sobre sus hombros, luego de un prolongado silencio, ella hablo: “Le sigo rogando a Dios que me arranque el corazón para evitar que se quiebre” suspiro. Su voz se quebrantó. “Pero ni siquiera sé si aún está escuchando. Mi familia dice que esto le sucedió a ella porque deje de ir a la iglesia. Dicen que Dios esta castigándome”

Levanto sus ojos y compartió conmigo: “Y si todo esto es mi culpa?”

Cuando recuerdo su angustia, aun lucho con mi propio enojo. Enojo hacia cualquiera que destruiría a una mujer que ya esta tan quebrantada de espíritu. Y me arrepiento también de haber hecho tan poco por ella. En ese tiempo mi vida estaba obstruida por el gnosticismo, de manera que, aunque la sostuve y compartí su dolor, no podía ofrecerle palabras de consuelo. Si pudiera regresar a ese momento, oraría porque ella conociera a Dios no como un Dios de crueldad despiadada, sino un Dios de eterna misericordia, soberano y con una gracia que sobrepasa nuestra imaginación.

Al fracturar la entereza de esta frágil mujer, su familia había dañado su ya languidecida relación con Dios y redujeron su sufrimiento a un sistema de castigo-recompensa. Cometieron la misma transgresión que los “consoladores molestos” de Job (Job 16:2), quienes por veinticinco capítulos argumentaban que las devastadoras perdidas que sufrió Job era un castigo por alguna gran maldad que se negaba a aceptar. Ellos razonaban que, al ser Dios soberano y justo, el siempre castiga al malvado y recompensa al bueno. Si sufres calamidades es porque hiciste algo para merecerlo, según ellos.

 

¿ME ESTA CASTIGANDO DIOS?

A simple vista, esta teología de la retribución puede parecer consistente con los principios que proceden de la caída (Gen 3:14-24), Noé y el Diluvio (Gen 6:5-7) y la destrucción de Sodoma y Gomorra (Gen 19:24-25). En tales narrativas, el castigo por la depravación desciende de manera intempestiva y violenta. Salomón enseña “La obra del justo es para vida; Mas el fruto del impío es para pecado.” (Prov. 10:16)

Desafortunadamente, estos argumentos ignoran una miríada de instancias en la biblia en las que Dios utiliza el sufrimiento no como un castigo, sino para obrar una gran bondad. Cuando los hermanos de José lo arrojan en un pozo y lo venden como esclavo, Dios lo levanta al lado de Faraón para salvar a su pueblo. “Quisieron hacerme mal” manifiesta José “Pero Dios lo uso para bien, para traer mucha gente y preservarlos con vida” (Gen 50:30)

Antes de restaurar la vista a un hombre, Cristo explica que su ceguera ocurrió no como un castigo por su pecado, sino para que las obras de Dios fueran manifiestas a través de Él. (Juan 9:1-3). Cristo posterga un viaje a ver a su amigo moribundo, Lázaro, a quien ama, para que levantándolo de la muerte , pueda glorificar a Dios (Juan 11:1-4). Aun en el caso de Job, el capítulo introductorio revela que él es justo en los ojos de Dios, y que la calamidad que le ocurre no viene como castigo, sino como un plan divino para vencer al adversario. (Job 1-2)

EL MISTERIO DEL AMOR DE DIOS

Pasajes como estos nos advierten que nunca debemos suponer saber la intención de Dios para angustiar a alguien. Dios tiene una capacidad infinita de producir bondad en medio de nuestra iniquidad. No teorema que se interponga a su gloria. La cruz revela con pincelazos luminosos la gracia de nuestro Señor y su desbordante amor por nosotros, hechos perfectos en la muerte y resurrección de su amado hijo. En el sacrificio mas magnifico que el mundo jamás ha conocido, Dios nos concedió el sufrimiento para poder salvarnos.

Con la paz de Cristo en nuestros corazones, amemos a nuestro prójimo en su sufrimiento, huyamos de la auto justificación, y corramos hacia la compasión, de la misma manera que nuestro Señor se compadece de nosotros (Salmo 78: 37-39). Que siempre busquemos envolver en nuestros brazos al debilitado, para acercarlos a nuestro regazo como si fueran nuestros propios hijos. Y mientras tiemblan, que nuestras palabras sean un árbol de vida que brota de la más desolada oscuridad (Proverbios 15:4) un manantial de agua en un suelo desollado.

Fuente:

Butler, K. (2 de Febrero de 2017). Christian, Your Pain Is Never Punishment. Obtenido de Desiring God: http://www.desiringgod.org/articles/christian-your-pain-is-never-punishment